Argentina tiene un problema fiscal crónico y recurrente: de los últimos 59 años, en 52 se va a terminar con déficit fiscal. Es decir que en el 88% de los años los ingresos no han sido suficientes para financiar el nivel de gasto público ejecutado.

De su financiamiento se derivan un sinnúmero de distorsiones y desequilibrios que tarde o temprano terminan sincerándose.

Cada gobierno dice tener la receta para bajar la inflación (uno de los principales síntomas del déficit fiscal), pero con un set de alquimias que duran un tiempo determinado y que no evitan que las restricciones terminen materializándose. El problema de fondo es que, año tras año, crisis tras crisis y sin importar el color político, el Estado argentino gasta más de lo que recauda.

El régimen de control de agregados monetarios comenzó en octubre 2018 con un crecimiento interanual de base monetaria del orden del 48%. El esquema proponía, inicialmente, el crecimiento cero de la base monetaria con ajustes estacionales en diciembre y junio de cada año. Hasta septiembre 2019, la base se mantuvo relativamente constante punta a punta, arrojando un crecimiento de 5,6%, la variación interanual más baja de los últimos diez años.

Con prácticamente el mismo stock de base monetaria y una inflación mayor al 50%, en este período, la política monetaria fue decididamente contractiva.

A partir de octubre la base monetaria mostró un marcado crecimiento (de unos $392.000 millones en 90 días) elevando la tasa de variación interanual hasta el 31%.

(Fuente: IARAF)